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martes, 13 de mayo de 2025

Cómo trabajó la FAI por la derrota del pueblo; Jesús Rozado, 1940

«El famoso provocador y aventurero anarquista, exconsejero de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en el gobierno de la generalidad, Diego Abad de Santillán, ha escrito recientemente un libro. Se titula «Por qué perdimos la guerra» de 1940. Pero después de leerlo y penetrar bien en el fondo de su contenido, el título no sólo aparece incompleto, sino, además, incorrecto. Para ser consecuente con todo lo que en él se dice, la denominación más acertada sería la misma que encabeza este artículo: «Cómo trabajó la FAI por la derrota del pueblo». 

Nuestra posición teórica y práctica sobre el anarquismo en general y los anarquistas españoles en particular, es de sobra clara y conocida. Hemos considerado siempre al anarquismo como una corriente contrarrevolucionaria en el movimiento obrero, y a los anarquistas de la FAI como una banda de aventureros, provocadores y gentes sin principios. 

Amparándose en la demagogia de sus teorías reaccionarias, sus filas «selectas» eran cubiertas, en gran parte, por elementos degenerados, delincuentes comunes y atracadores de tipo profesional, quienes bajo la protección de una fraseología ultrarrevolucionaria irritante, aprovechándose de la entonces débil formación política de las masas y ocultos tras la mampara de un movimiento obrero sindical –la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)– iban a encubrir allí sus delitos vulgares, realizando al servicio de la burguesía y los terratenientes, los hechos más perniciosos en contra de los sagrados intereses del proletariado y de las masas populares. 

viernes, 29 de octubre de 2021

Engels hablando del modelo político-organizativo de Bakunin


«Bakunin, que hasta 1868 había intrigado contra la Internacional, ingresó en ella después del fracaso sufrido en Berna, en Congreso de la Paz, inmediatamente se puso a conspirar desde dentro contra el Consejo General. Bakunin tiene una teoría original, que es una mezcolanza de proudhonismo y comunismo. Por cierto, el punto básico de su proudhonismo es la idea de que el mal más grave, con el que hay que acabar, no es el capital, no es, por tanto, el antagonismo de clase que el desarrollo social crea entre los capitalistas y los obreros asalariados, sino el Estado. Mientras la gran masa de obreros socialdemócratas comparte nuestro punto de vista de que el poder del Estado no es más que una organización adoptada por las clases dominantes –los terratenientes y los capitalistas– para proteger sus privilegios sociales, Bakunin afirma que el Estado es el creador del capital, que el capitalista posee su capital únicamente por obra y gracia del Estado. Y puesto que el Estado es, por tanto, el mal principal, hay que acabar ante todo con él, y entonces el capital hincará el pico por sí solo. Nosotros, en cambio, sostenemos lo contrario: acabar con el capital, que es la concentración de todos los medios de producción en manos de unos pocos, y el Estado se derrumbará por sí solo. La diferencia entre los dos puntos de vista es fundamental: la abolición del Estado sin una revolución social previa es un absurdo; la abolición del capital es precisamente la revolución social e implica un cambio en todo el modo de producción. Pero como para Bakunin el Estado representa el mal principal, no se debe hacer nada que pueda mantener la existencia del Estado, tanto si es una república, como una monarquía o cualquier otra forma de Estado. De aquí, la necesidad de abstenerse por completo de toda política. Cualquier acto político, sobre todo la participación en las elecciones, es una traición a los principios. Hay que hacer propaganda, desacreditar al Estado, organizarse; y cuando se haya conquistado a todos los obreros, es decir, a la mayoría, se liquidan los organismos estatales, se suprime el Estado y se le sustituye por la organización de la Internacional. Este gran acto, que marca el comienzo del reino milenario, se llama liquidación social.

Todo suena a algo muy radical, y es tan sencillo que puede ser aprendido de memoria en cinco minutos. He aquí la razón de que la teoría bakuninista haya encontrado tan pronto una acogida favorable en Italia y en España entre los jóvenes abogados, doctores y otros doctrinarios. Pero las masas obreras jamás aceptarán la idea de que los asuntos públicos de sus respectivos países no son a la vez sus propios asuntos; los obreros son políticos activos por naturaleza, y quien les proponga abandonar la política se verá, tarde o temprano, abandonado por ellos. Predicar a los obreros la abstención política en todas las circunstancias equivale a ponerlos en manos de los curas o de los republicanos burgueses.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Los catastrofistas que creen que los desastres naturales «aceleran la revolución»; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020. Reeditado en 2021]

«En los años 30 entre los círculos del Partido Comunista de Alemania (PCA) se abanderó la idea de que cuanto más paupérrima fuese la situación de las masas trabajadoras, más fácil sería para ellas darse cuenta de los males del capitalismo, por lo que teorizaba que más pronto que tarde virarían hacia el partido anticapitalista, los comunistas, para solucionar sus problemas. En su mentalidad, la llegada de los nazis solo podía acelerar la revolución comunista, de ahí el terrible eslogan: «Después de Hitler, nuestro turno». Esto fue motivo de preocupación en la Internacional Comunista (IC), que denunció tal teoría catastrofista:

«Dentro del partido, hemos detectado fenómenos malsanos que comenzaron a aumentar a través de tendencias abiertamente correctas, distorsionando de forma oportunista las tácticas de frente único y compadeciéndose ante los socialdemócratas, así como tendencias sectarias expresadas durante las elecciones en discursos de comunistas en la prensa durante la segunda vuelta, donde pedían votar por la candidatura de Hitler porque el ascenso de Hitler al poder agudizaría la situación política del país y conduciría a la aceleración del resultado revolucionario». (Carta de Pyatnitsky a Stalin con un resumen informativo adjunto sobre la actividad del Partido Comunista de Alemania, 10 de mayo de 1932)

En la práctica la llegada del fascismo en 1933 restringió aún más la libertad para los comunistas, por lo que lejos de poder cumplir con su papel de educación y dirección de las masas, prácticamente desaparecieron del mapa. Tiempo después cuando estas empezaron a dar muestras de cierta resistencia durante el régimen nazi, el partido comunista estaba bajo mínimos y no tenía un ambiente político en el cual poder desempeñar su rol sin exponerse a dificultades extremas. Varias de estas tesis fueron criticadas por la IC, aunque en honor a la verdad ella también fue partícipe de otros errores similares en cuanto a la subestimación del fascismo, tema que hemos ahondado en otros documentos. Se vuelve cómico pues, que algunos hoy traten de reivindicar la teoría y de Thälmann como modelo antifascista a seguir. El revisionismo vive del mito, pero el marxista trata de que separar la paja del grano. Véase el capítulo: «Quien adopta el mito de Thälmann acepta el destino al que conducen sus errores» de 2017.

Hoy muchos charlatanes parlotean que esta crisis causada por el COVID-19 pondrá o podría poner fin al sistema capitalista, abriendo enormes posibilidades para una nueva «sociedad alternativa». En cualquiera de sus versiones esto es una majadería y recuerda demasiado a otras teorías del colapso que ya hemos analizado otras veces. Así pues, no son teorías nuevas, sino nociones adaptadas a un escenario de pandemia, estos confusos planteamientos deben aclararse una vez más, especialmente para aquellos elementos honestos que son afines a estas tesis por motivos de inmadurez. Véase el capítulo: «La tendencia en ver en cualquier crisis la tumba del capitalismo» de 2017.

En el primer supuesto, existen individuos de razonamiento utópico −es decir, que como Pablo Hasél, ignoran las leyes sociales y son «comunistas de corazón» pero «anarquistas de cerebro−, mientras hay otros imbuidos por corrientes afines a un «primitivismo socio-económico» −es decir, que consideran que deberíamos abandonar el capitalismo, pero no para transitar a algo cualitativamente superior, sino más bien para retroceder a las sociedades del Neolítico−. Ambos grupos esbozan que, «gracias» a los desastres naturales que veremos agudizarse dentro de poco a razón del cambio climático −desbordamiento de ríos, subida del nivel del mar, deforestaciones, incendios masivos, inundaciones, seísmos y demás− y/o a fenómenos similares de la actual pandemia mundial −pero a una escala de gravedad mucho mayor que la que vivimos− que esto hará colapsar tarde o temprano las infraestructuras básicas creadas por el ser humano y sus comunicaciones −puentes, carreteras, vehículos, internet, telefonía, etcétera−.

Pero este «afortunado» supuesto del que hablamos −feliz perspectiva, desde luego, para los misántropos y las cucarachas, no para nosotros−, la sociedad no caería por arte de magia en algo parecido al «comunismo» ni nada que, en la mente de estos idiotas, se le pueda parecer. Pensar que en esta situación apocalíptica la gente abrazaría el comunismo es erróneo: la mayoría de la población antes, durante o después de tal catástrofe desconocería los fundamentos del mismo, siendo, por tanto, que sería incapaz de implantarlo, salvo que pensemos, cual socialista utópico, que «cada hombre lleva implantado el germen del comunismo en lo profundo de su corazón» y demás pamplinas. Esta simplificación sobre la revolucionarización de las masas solo cabe en la cabeza de un soñador demente. En todo caso, a lo que se llegará es a experimentos asociativos y ensayos caritativos como los que vemos hoy en la sociedad capitalista. Más allá del grado de destrucción de las fuerzas productivas y el nivel de retroceso que pudiera haber por este tipo de desastres naturales, lo más probable es que el capitalismo, aunque sin estar tan «globalizado», continuase o, en el peor de los casos, se retrocediera a una sociedad mercantil primitiva −donde nos gustaría ver cómo se las arreglan los apologistas de la teoría catastrofista−. Ha de quedar claro que apegarse a esta perspectiva con el fin de «crear una sociedad mejor» es intentar matar una mosca a cañonazos.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Algunas cuestiones relativas a la crítica del anarquismo


«Es muy posible que algunos camaradas evitan hacer la crítica de principio al anarquismo y el socialfascismo [1], temiendo no establecer la diferenciación entre los jefes y las masas. Es este un profundo error atacar el anarquismo en tanto que corriente social determinada, no equivale de ningún modo a atacar a los obreros anarquistas; al contradecirles prestarles, una ayuda necesaria para permitirles libertarse de la cautividad burguesa. Justamente así es como hay que plantear la cuestión Es necesario denunciar la traición de los jefes anarquistas. Y es sobre la base de los principios, para mostrar que esta traición es debilitar el carácter mismo de la ideología y de la política del anarquismo. Y entonces ya no habrá duda sobre si se debe hablar de todos los jefes o solamente de algunos de ellos. 

La tarea más importante planteada ante el Partido Comunista de España (PCE) por los acontecimientos del 8 y 9 de enero de 1933, la tarea que consiste en desenmascarar resueltamente, desde el punto de vista de principio, el método anarquista de «hacer la revolución» se halla así irrealizada. Importa, pues, concentrar atención y las fuerzas suficientes para realizarla. 

Ante todo, es necesario vencer algunos puntos de vista erróneos en apreciación del anarquismo y del anarco-sindicalismo español. Hay tendencia a establecer una distinción de principio entre la fracción Pestaña-Peiró, como anarco-sindicalista, anarco-reformista, y la F.A.I. corriente del anarquismo puro [2]. Y si es lícito, conforme a esta tendencia, llamar a os primeros enemigos, es necesario calificar a los segundos de «amigos que se equivocan». 

Es esta una discriminación inexacta. Es cierto que los obreros anarquistas son para nosotros amigos equivocados, hermanos de clase equivocados. Pero esto es, también cierto para los obreros que siguen a Pestaña-Peiró, así como para los obreros socialistas. En cuanto al anarquista más puro, al más «izquierdista», para nosotros es una corriente hostil así como el anarco-reformismo y el social-fascismo. 

Tenemos tanta menos razón de oponer el «anarquismo puro» al anarco-sindicalismo, cuanto que la Federación Anarquista Ibérica (F.A.I.) se atiene prácticamente a las posiciones sindicalistas, operando en el seno de la Confederación Nacional del Trabajo (C.N.T.) y como su fuera directriz. La base ideológica de principio de la F.Á.I. y de Pestaña-Peiró es una y la misma. El sitio esencial es reservado en ella a la consigna comunismo libertario. Tanto la F.A.I. como Pestaña, ponen los dos el comunismo libertario a título de panacea universal contra los males sociales. 

Para criticar la consigna de comunismo libertario, para denunciar su verdadera esencia, se ha hecho muy poco hasta ahora. Es esta un omisión intolerable. Algunos comunistas participan todavía de la opinión de que el comunismo libertario de los anarco-sindicalistas, es precisamente la fase superior del comunismo al que nosotros aspiramos. Por tanto, los anarquistas tienen el mismo ideal que nosotros y se diferencian solamente en la elección del camino a recorrer. Insuficientemente realistas, se muestra impacientes y quieren alcanzar la futura sociedad sin clases de una vez «en aeroplano», sin darse cuenta de la necesidad de pasar por la fase de la dictadura del proletariado. 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Lenin contra la teoría del terrorismo excitativo


«En la octavilla tampoco falta la teoría del terrorismo excitativo. «Cada desafío del héroe despierta en todos nosotros el espíritu de lucha e intrepidez», nos dicen. Sin embargo, sabemos por lo pasado y vemos por lo presente que sólo las nuevas formas del movimiento de masas o el despertar de nuevos sectores de las masas a la lucha independiente despiertan de verdad en todos el espíritu de lucha e intrepidez. En cambio, los desafíos, precisamente porque no pasan de ser desafíos, de los Balmashev, causan solo de momento una sensación efímera y llevan a la larga incluso a la apatía, a la espera pasiva del desafío siguiente. Se nos asegura más adelante que «cada relámpago de terrorismo da luz a la inteligencia», lo cual no advertimos, lamentablemente, en el Partido de los Socialistas-Revolucionarios, que preconiza el terrorismo. Se nos ofrece una teoría de la labor minúscula y de la gran obra. «Quien tenga más fuerzas y mayores posibilidades y decisión no debe darse por satisfecho con la labor minúscula (!), debe buscar y entregarse a una gran obra: la propaganda del terrorismo entre las masas (!), la preparación de complicadas –¡se ha olvidado ya la teoría de la calidad de incapturable!– empresas terroristas». ¿Verdad que resulta inteligente a maravilla? Entregar la vida de un revolucionario para vengarse del canalla Sipiaguin y sustituirlo por el canalla Plehve es una gran obra. Pero preparar, por ejemplo, a las masas para una manifestación armada es una labor minúscula. Revoliutsionnaya Rossia explica esto en su número 8, al declarar que de las manifestaciones armadas «es fácil hablar y escribir como de algo perteneciente a un futuro lejano e impreciso»; «pero todas estas peroratas han tenido hasta ahora un carácter solo teórico». ¡Qué bien conocemos este lenguaje de quienes se sienten libres de las incomodidades que implican las firmes convicciones socialistas y de la gravosa experiencia de todos los movimientos populares, cualesquiera que sean! Esas personas confunden lo tangible y los resultados inmediatos sensacionales con su importancia práctica. Para ellas, la exigencia de sustentar con firmeza el criterio clasista y velar por el carácter masivo del movimiento es «teorización imprecisa». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Aventurerismo revolucionario, 1902)

lunes, 27 de julio de 2020

Marx y Engels describiendo a los «conspiradores profesionales» del siglo XIX


«La situación social de esta clase es la que determina todo su carácter de principio a fin. La conspiración proletaria por sí misma les proporciona unos medios de subsistencia muy limitados e inseguros. En consecuencia, están continuamente obligados a echar mano de la «caja» de la conspiración. Algunos de ellos también entran en conflicto directo con la sociedad civil como tal y comparecen ante los tribunales de policía con un mayor o menor grado de dignidad. Sus precarios sustentos, que dependen en algunos casos más del azar que de las actividades que llevan a cabo, sus irregulares vidas cuyos únicos puertos de escala fijos son las tabernas de los comerciantes de vin –los lugares donde se reúnen los conspiradores–, sus inevitables encuentros con todo tipo de gente dudosa, los coloca en una categoría social que en París se conoce como la bohemia. Estos democráticos bohemios de origen proletario –también hay democráticos bohemios de origen burgués, unos democráticos holgazanes y pilares de los bares– son, por lo tanto, trabajadores que han renunciado a sus trabajos y que, como consecuencia, se han vuelto disolutos, o personajes que han surgido del lumprenproletariado y que traen consigo todos los hábitos disolutos de dicha clase en su nuevo modo de vida. En estas circunstancias, uno puede entender cómo unos pocos exconvictos son los que se encuentran implicados en, prácticamente, todos los juicios por conspiración.

lunes, 11 de marzo de 2019

Crítica comunista al anarquismo español y sus métodos en 1933


«España entraba en el nuevo año 1933, cuando el impulso revolucionario se acentuaba cada vez más en la ciudad y en el campo. En esta atmósfera estallaron los acontecimientos del 8 y 9 de enero en Madrid y Barcelona, acontecimientos que tuvieron repercusiones y una prolongación en otras regiones del país. En Barcelona, el 8 de enero, un grupo armado de bombas y de revólveres, atacó el cuartel de San Agustín, hirió a un centinela y disparó sobre el edificio. Al mismo tiempo se produjeron choques armados en diversos puntos de la ciudad. La policía detuvo, en varios lugares, automóviles cuyos ocupantes eran portadores de bombas y de armas de fuego. Algunos de ellos hicieron resistencia. En la estación se oyeron disparos. En algunas calles se disparó contra los agentes de la policía. Un tiroteo especialmente nutrido partió del balcón del inmueble ocupado por el Sindicato de Empleados de la Industria Hotelera. La policía sitió la casa y la tomó por asalto. Análogos acontecimientos se produjeron en Madrid el 9 de enero. Se hicieron ataques contra los cuarteles de María Cristina, la Montaña y Cuatro Vientos. El tiroteo fue especialmente vivo en las proximidades de este último cuartel. Se dispararon centenares de tiros. Los soldados y la policía rechazaron el ataque. La completa absurdidad de estos ataques armados, resalta sin necesidad de demostrarla especialmente. Fueron realizados al margen del movimiento de las masas, sin su apoyo. Iban dirigidos especialmente contra los cuarteles, contra los soldados, sin haber hecho el menor intento de sublevar al menos una parte, contra el mando. Semejantes acciones no pueden tener una significación revolucionaria positiva. Al contrario, revisten un carácter objetivo de provocación, separan a los soldados de la revolución y ayudan al Gobierno a acentuar la represión. (…) La idea del golpe de sorpresa, efectuado por un grupo de valientes, es presentada por los anarquistas como una receta mágica para hacer la revolución. (…) Hay que diferenciar también el movimiento de masas, digno de admiración, de la dirección anarquista que las lleva al fracaso. (…) No se trata de falta de valor ni de abnegación por la causa, de los jefes anarquistas. La verdad es que el contenido del anarquismo, de su ideología, de su táctica de lucha, hace que desempeñe un papel objetivamente contrarrevolucionario, a pesar de su valor personal». (J. Dornier; El desenvolvimiento de la revolución en España y la lucha contra el anarco-sindicalismo, 1933)

martes, 29 de enero de 2019

Engels sobre el apoliticismo del anarquismo español y sus consecuencias


«El informe que acaba de publicar la Comisión de La Haya sobre la Alianza secreta de Miguel Bakunin ha puesto de manifiesto ante el mundo obrero los manejos ocultos, las granujadas y la huera fraseología con que se pretendía poner el movimiento proletario al servicio de la presuntuosa ambición y los designios egoístas de unos cuantos genios incomprendidos. Entretanto, estos megalómanos nos han dado ocasión en España de conocer también su actuación revolucionaria práctica. Veamos cómo llevan a los hechos sus frases ultrarrevolucionarias sobre la anarquía y la autonomía, sobre la abolición de toda autoridad, especialmente la del Estado, y sobre la emancipación inmediata y completa de los obreros. Por fin podemos hacerlo ya, pues ahora, además de la información de los periódicos sobre los acontecimientos de España, tenemos a la vista el informe enviado al Congreso de Ginebra por la Nueva Federación Madrileña de la Internacional.

Es sabido que, en España, al producirse la escisión de la Internacional, sacaron ventaja los miembros de la Alianza secreta; la gran mayoría de los obreros españoles se adhirió a ellos. Al proclamarse la República, en febrero de 1873, los aliancistas españoles se vieron en un trance muy difícil. España es un país muy atrasado industrialmente, y, por lo tanto, no puede hablarse aún de una emancipación inmediata y completa de la clase obrera. Antes de esto, España tiene que pasar por varias etapas previas de desarrollo y quitar de en medio toda una serie de obstáculos.

La República brindaba la ocasión para acortar en lo posible esas etapas y para barrer rápidamente estos obstáculos. Pero esta ocasión sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española.

lunes, 28 de enero de 2019

¿Qué necesita un movimiento antifascista para cumplir con sus propósitos?


«El llamarse «antifascista» hoy es tan ambiguo y confuso como llamarse «anticapitalista». Ambos abarcan tal cantidad de posicionamientos que sería imposible citarlos todos. En todo caso, el prefijo «anti» significa según la RAE: «opuesto, de propiedades contrarias», y lo curioso aquí es que movimientos y sujetos que se dicen «antifascistas» y el «anticapitalistas» a veces muchas veces sin ser conscientes reproducen patrones y categorías que les acercan contra lo que dicen combatir. Un ejemplo de ello serían los «antifascistas» que se oponen al fascismo sobre el papel, pero en la praxis se nutren de las mismas filosofías de la intuición, el misticismo y el vitalismo, aquellos que priorizan su vena sentimental en detrimento de la reflexión y actuar metódico. Otro paradigma digno de mencionar sería aquel «anticapitalista» que en realidad su «alternativa» se reduce a proponer un énfasis pedagógico «educando en valores», pero sin pretensiones reales de socializar los medios de producción. Por último, estaría aquel «antifascista» y «anticapitalista» que se deja seducir por los «ismos» unilaterales que desunen a los trabajadores en sus objetivos revolucionarios, como el nacionalismo o el feminismo, los cuales conducen a que la lucha de clases se sustituya o se supedite a la «nación» X o al «sexo» Y. Aunque sea ridículo, para ellos formar parte de este o aquel país, ser mujer o parte del LGTB constituye una seña de identidad mucho más importante que el albergar pensamientos revolucionarios.

De cualquier modo, ¿qué podemos decir de los famosos «movimientos antifascistas» de hoy día? Pues que pese a tener grandes inclinaciones progresistas e incluso revolucionarias entre sus miembros, no son fiables para enfrentar al fascismo. Esto no es una opinión nuestra, sino que se constata al ver crecer al fascismo en varios países de tanto en tanto. ¿Cómo es posible que el antifascismo no frene al fascismo si es su principal cometido? Esto ocurre debido al carácter ecléctico que estos grupos arrastran en lo ideológico y organizativo. La cuestión antifascista, como la ecológica, la nacional, de género y otras que se dan en el capitalismo, deben ser enfocada de forma científica para que el «colectivo trasformador» que pretenda revertirlo lo intente con un mínimo de probabilidades del éxito, y es obvio que esta posibilidad no se erige en la «diversidad» y la «transversalidad», dado que la confusión de identidades y objetivos precisos solo produce parálisis y tendencias centrífugas. Véase la obra: «Fundamentos y propósitos» de 2021.

¿Queremos decir con todo esto que por ejemplo un anarquista no sea antifascista? No, en muchos casos su valentía e intenciones son dignas de alabar, pero lo que afirmamos es que, por su metodología y enfoque teórico, sus formas de lucha son deficientes, porque en la mayoría de temas no comprende el origen de los problemas sociales ni las formas de solucionarlos. Entonces para un revolucionario es lógico que, en su trabajo con otras organizaciones no marxistas como podrían ser los frentes antifascistas, lejos de primar la piedad y hacer la vista gorda en lo referente a las prácticas de tipo antimarxista, deberá desplegar una labor para que prevalezca la crítica a los cabecillas de estas organizaciones, enseñando a su base que los conceptos políticos derrotistas, reformistas, utópicos, terroristas, idealistas, pacifistas o skinheads no tienen nada que ver con un antifascismo consecuente, que no son garantía para vencer a un fascismo –sea este uno que aún está en la cuna o uno que se encuentra ya maduro y dispuesto a arrasar con todo–. Aquí la labor será la de enseñar que históricamente lo único que ha logrado ese «antifascismo laxo», ecléctico y transversal es bañar a la clase obrera en un charco de sangre. Si esto no se logra a tiempo, los acuerdos y la coordinación que logre el movimiento antifascista será siempre parcial y limitada, sus métodos no pasarán de ese arcaísmo tosco que hoy lo echa a perder todo. El extraer lecciones del pasado no es una opción a elegir, es una necesidad viva para todo movimiento que quiera operar dentro de su época. Para nosotros está claro que, si algunos «antifascistas» hoy no quieren indagar en la importancia de comprender todas estas cuestiones, mañana por necesidad o convencimiento lo harán, y si no, serán barridos por el propio fascismo o vegetarán en la intranscendencia. En cualquier caso, ocurra lo que ocurra nada podrá borrar la razón sobre lo aquí afirmado, ya que, insistimos, no son conclusiones exclusivas de nuestro «ingenio» o «delirio», sino dictados que ya ha enseñado la historia.

Si precisamente el actual movimiento antifascista es una pantomima –y ni de broma estaría en capacidad de frenar un avance del fascismo en caso de que la burguesía requiriese de una forma más autoritaria para gobernar–, no es porque falten ganas o convicción entre los antifascistas de todo signo político, sino porque sus líderes –como ocurre en toda formación ideológicamente difusa y burocrática en lo organizativo–, prefieren más la cantidad a la calidad, el amiguismo a la disciplina. Por consiguiente, han decretado que la dichosa «unidad antifascista» debe consistir en la paz ideológica entre ellos; con ello se restringe el debate honesto y la elevación ideológica en aras de que esto, presuntamente, nos permite unirnos mejor contra el enemigo común, ¿pero es bajo una base racional y planificada? ¿Bajo una unidad real o aparente? La romántica llamada a la «unidad» –sea «antifascista», «obrera» o bajo la etiqueta y causa que sea– sin condicionantes, es algo que suena precioso y que a priori algunos creerán que es la fórmula perfecta y sencilla para el triunfo, pero en verdad es la forma más rápida para el fracaso: sin condiciones serias toda unidad es formal, ficticia e inútil, tanto dentro de un partido marxista como en un frente antifascista. Solo hace falta echar una ojeada al interior de las asambleas y organizaciones vecinales que hoy se llaman «antifascistas». En cada uno de ellos, prima una interpretación particular sobre qué es fascismo, a qué responde y cómo enfrentarlo. Por lo que, en definitiva, nunca hay claridad, coordinación, métodos ni perspectivas para enfrentarlo eficazmente, vendiéndose muy barata la derrota ante el fascismo. Parecería que a más de uno su alergia por el estudio y la historia le ha hecho no estar al tanto que al fascismo no se le derrotó en Stalingrado emulando al ejército de Pancho Villa». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

martes, 25 de diciembre de 2018

En realidad en un Estado democrático-burgués el orden represivo no se aplica solo a los verdaderos comunistas sino contra todo revolucionario o pretendido revolucionario


«En realidad, en un Estado democrático-burgués el orden represivo no se aplica solo a los verdaderos comunistas sino contra todo revolucionario o pretendido revolucionario. 

Se ha de hacer un esfuerzo para comprender que igual que existen autodenominados comunistas que no saben identificar a su enemigo, existen anticomunistas que tampoco saben identificar a sus verdaderos enemigos. Del mismo modo y dicho en términos más amplios: las clases explotadoras y todos sus miembros al estar educados en una filosofía idealista, aceptan que toda persona o grupo autodenominado anticapitalista lo es, y no entienden –o a veces les sale más rentable no molestarse en reflexionar en ello– el hecho de que para que un grupo o individuo sea comunista no basta con que se diga, sino que es algo que debe ser contrastado en la práctica. Pero ha de entenderse que muchos explotadores –demócratas burgueses o fascistas– prefieren barrer con escoba de hierro todo lo que se diga anticapitalista y así guardarse las espaldas, aunque muchos de los que se lleven por delante no sean peligrosos para su régimen e incluso de saberlos manejar les sean hasta de utilidad. He ahí porque los burgueses más inteligentes prefieren valerse de estos elementos e infiltrarse en sus grupos, manejándolos a su gusto para sus fines.

Añadir que se ha demostrado históricamente que el haber sufrido una represión directa, bien sea cierre de locales, retención ilegal, tortura, e incluso asesinato de militantes, no significa que las posiciones políticas del sujeto o grupo sean acertadas. A poco que se piense, el lector reconocerá que muchas de las pugnas entre los grupos burgueses han acabado con representantes de una de las partes en la cárcel o muertos, si se hace un esfuerzo ha de reconocerse que lo mismo puede suceder y sucede en las pugnas con los grupos pequeño burgueses radicalizados o capas de la intelectualidad progresistas cuando se oponen a la burguesía o dejan de ser válidos para sus intereses y la burguesía decide apartarlos, no hablemos ya de los grupos hegemonizados por lumpens, que suelen ser altamente inestables, y lo mismo son los matones de la burguesía, que acaban como cabeza de turco con sus huesos en la cárcel cuando algo sale mal». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

jueves, 20 de diciembre de 2018

El programa de los emigrados blanquistas de la comuna; Engels; 1874


«
Después de toda revolución o contrarrevolución abortada, los emigrados que se refugian en el extranjero despliegan una activad febril. Se forman grupos partidarios de diversos matices, cada uno de los cuales reprocha a los otros el haber llevado el carro al tremedal y los acusa de traición y de toda clase de pecados mortales. Mientras tanto conservan estrecho contacto con la patria, organizan, conspiran, publican octavillas y periódicos, juran que va a «recomenzar» dentro de veinticuatro horas, que la victoria es segura, en previsión de lo cual distribuyen desde ya los puestos gubernamentales. Como es lógico, se va de desilusión en desilusión, y como eso no se relaciona con las inevitables condiciones históricas, a las que no se quiere comprender, sino que se atribuye a errores fortuitos de unas u otras personas, las acusaciones recíprocas se acumulan y todo desemboca en una cizaña general. Tal es la historia de todas las emigraciones, desde los emigrados realistas de 1792 hasta nuestros días; y los emigrados que no pierden el sentido común y la razón procuran apartarse lo más posible de las riñas estériles en cuanto se presenta la menor posibilidad de hacerlo con tacto, y se ocupan de algo más útil.

La emigración francesa después de la Comuna tampoco ha evitado esa fatalidad. En virtud de la campaña europea de calumnias que ha afectado por igual a todos, más que nada en Londres, ya que se encuentra aquí el centro común, que la emigración francesa ha hallado en el Consejo General de la Internacional, ha debido contener por cierto tiempo, aunque no sea más que ante el mundo exterior, sus querellas intestinas, pero a lo largo de los dos años últimos ya no ha estado en condiciones de ocultar el proceso acelerado de disgregación. Una franca enemistad ha estallado por doquier. En Suiza, una parte de los emigrados, se adhirió a los bakuninistas particularmente bajo la influencia de Malón, que fue uno de los fundadores de la Alianza secreta. Después, en Londres, los llamados blanquistas se separaron de la Internacional para constituir un grupo autónomo llamado «La comuna revolucionaria». Luego han aparecido multitud de otros grupos que, no obstante, se han visto en estado de incesante transformación y reorganización y no han hecho nada que valga ni siquiera en materia de manifiestos; en cambio, los blanquistas, en su proclama a los «Communeux» [Confederados], han dado a conocer su programa al mundo entero.

No se llaman blanquistas por representar un grupo fundado por Blanqui –de los treinta y tres signatarios del programa, sólo dos o tres, todo lo más, habrán tenido alguna ocasión de hablar con él–, sino porque quieren actuar con arreglo a su espíritu y tradición. Blanqui es esencialmente un revolucionario político; no es socialista más que de sentimiento, por indignarse con los sufrimientos del pueblo, pero no posee teoría socialista ni propuestas prácticas definidas para la reorganización de la sociedad. En su actividad política no es sino un «hombre de acción» convencido de que una pequeña minoría bien organizada, al intentar en un momento oportuno efectuar un golpe de mano revolucionario, puede llevar a las masas del pueblo, tras de alcanzar algunos éxitos iniciales, a realizar una revolución victoriosa. Bajo Luis Felipe pudo organizar semejante núcleo, por supuesto, sólo como sociedad secreta, y ocurrió lo que suele ocurrir en las conspiraciones: los hombres, hartos de contenerse sin cesar y de escuchar promesas de que la cosa no tardaría en comenzar, terminaron por perder la paciencia, se rebelaron, y hubo de elegir una de dos: dejar que se disolviese la conspiración o comenzar la insurrección sin ningún motivo aparente. La insurrección estalló –el 12 de mayo de 1839– y fue aplastada en el acto. Por cierto, esta conspiración de Blanqui fue la única de la que la policía no consiguió hallar las huellas; la insurrección fue para ella como un rayo de un cielo sereno. De la idea blanquista de que toda revolución es obra de una pequeña minoría revolucionaria se desprende automáticamente la necesidad de una dictadura inmediatamente después del éxito de la insurrección, de una dictadura no de toda la clase revolucionaria, del proletariado, como es lógico, sino del contado número de personas que han llevado a cabo el golpe y que, a su vez, se hallan ya de antemano sometidas a la dictadura de una o de varias personas.

martes, 18 de diciembre de 2018

Lo que deben saber los revolucionarios sobre el tema de los presos de su organización


«La cuestión de los presos en un partido jamás puede ser el eje principal de la propaganda y menos para tratar de legitimar la organización entre los trabajadores. Menos aún presentar tal cuestión para intentar reivindicar el puesto de vanguardia como hizo en su momento el PCE (r) y como intentan hacer otras organizaciones con el tema recurrente de «¡Hemos sido reprimidos, ergo nuestra línea es correcta, y, por lo tanto, debes, como revolucionario, militar con nosotros!». Esto es ridículo. Aunque encarcelen, por una injusticia o no, a tus militantes, si ellos son de una organización que no tiene conexión con la gente de a pie, la cuestión antirrepresiva no interesará lo más mínimo, menos aún en la actualidad cuando se ha perdido esa solidaridad antirrepresiva de antaño. 

Seguro que entre los círculos antifascistas y antirrepresivos eres bienvenido –porque las primeras son plataformas sin mucho nivel ideológico ni criticismo, y las segundas, a priori, son organizaciones a las que acudir para tal fin–, pero la amplia mayoría de la clase obrera, sobre todo la idiotizada –o digamos «alienada» para ser correctos– no quiere ni oír hablar de esto. Es de necios creer que una clase obrera que durante los últimos años ha demostrado no estar interesada en movilizarse por sus propios derechos, va a moverse en cambio, como por arte de magia, por una organización que le resulta indiferente o le causa la peor repulsa. 

Una organización como el PCE (r) no puede esperar un amplio movimiento de respuesta y solidaridad cuando previamente no ha hecho nada relevante para que sus militantes luchen codo a codo con las masas en temas básicos para su porvenir, mucho más en casos extremos como el PCE (r) que ha rechazado participar en las organizaciones de masas como los sindicatos reformistas o ejercer una denuncia pública del sistema desde la tribuna parlamentaria, ambos dos requisitos básicos del bolchevismo, dejando a las masas a merced del enemigo de clase. 

Un partido marxista-leninista, que por tanto aspira a organizar la revolución, que es obra de las masas y no de un pequeño grupo conspiratorio, no basa su estrategia en tratar de sacar crédito político de sus mártires para ganarse a las masas, sino que se dedica a denunciar los hechos, seguir el trabajo y tomar estos hechos como consecuencias lógicas de la lucha, pero no se dedica como otras bandas semianarquistas a mirarse el ombligo con victimismo, esperando una respuesta masiva de la población que jamás sucederá, y mucho menos poner en tela de juicio a la clase obrera por su negativa a seguirles, que es el colmo del sectarismo ultraizquierdista. Incluso cuando tu causa es justa, en muchas ocasiones para pedir la solidaridad en contra de la represión y en favor de tus militantes, este llamamiento normalmente solo será efectivo si va acompañado de un trabajo previo de la organización entre las masas, si ellas sienten que el partido defiende sus intereses cotidianos y ulteriores, porque ahí sí sienten que están siendo reprimidos ellos aunque no les toque directamente, porque lo consideran ya «su» movimiento de clase, incluso aunque no militen en él. Obviamente cuando se suceden casos de tortura y asesinato, el círculo de apoyos se puede ampliar con relativa facilidad, la gente por compasión y empatía puede sumar sus apoyos a dicha organización, aunque sea como excepción, pero esto es un espejismo, no implica una influencia sobre las masas como creen algunos, ni que comulguen con la línea de tu organización. 

Si una organización logra movilizar a las masas y presionar a las instancias gubernamentales para mejorar las condiciones de sus presos o incluso llegar a liberarlos gracias al apoyo popular –esto último algo casi imposible para una organización sin influencia entre las masas–, estos serán actos que a la postre no servirán de nada si luego descuida participar de las luchas cotidianas y se dedica a hacer llamamientos para que todos los trabajadores se rindan a su fama como organización que ha sufrido una feroz represión. Si se comete este error se volverá a la casilla de salida, las simpatías obtenidas en un momento se desvanecerán en un abrir y cerrar de ojos, se volverán efímeras. 

No hablemos ya de casos surrealistas de bandas armadas que no han logrado nada reseñable de sus campañas antirrepresivas y todavía hoy no se explican la razón tal fenómeno. Es tan fácil como reflexionar en que plantear la revolución como el juego de los «héroes» y la «muchedumbre» nunca da buenos resultados en ningún campo, mucho menos cuando acometen acciones armadas en nombre de las masas y estas son tratadas de forma paternalista por los conspiradores, hasta el punto de creerse con derecho a atentar contra ellas por «ingratas», ya no solo no acompañan en su empresa aventurera sino que se oponen abiertamente a sus métodos.

Como se el revisionismo no solo ha distorsionado los pilares básicos de la doctrina en los principales temas, sino también en los secundarios o auxiliares». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

viernes, 14 de diciembre de 2018

¿Qué decían los propios bolcheviques rusos de las prácticas de los grupos anarquistas y seminarquistas que se vestían de marxistas?


«Los métodos revolucionarios de lucha, como las huelgas masivas y el levantamiento armado, fueron extensamente utilizados en Rusia, no bajo la influencia y liderazgo de los anarquistas, sino bajo el partido bolchevique. En la insurrección de Moscú de diciembre de 1905 –la más importante en Rusia hasta la revolución de 1917– no hubo una sola escuadra de lucha anarquista, mientras los bolcheviques incluso secciones de obreros mencheviques lucharon en las barricadas. Los métodos favoritos elegidos por los anarquistas en 1906-07 fueron el terror individual y las expropiaciones; pero éstos métodos demostraban su debilidad, y no la fortaleza del movimiento anarquista. Ello degeneró en puro bandidaje, el cual no tiene nada en común con los objetivos de la revolución. (...) Por supuesto, era más fácil atacar a pequeños tenderos, o robar apartamentos privados, que ponerse a organizar la lucha de clases contra la clase terrateniente o capitalista en general; era más fácil atacar a un oficial individual del gobierno zarista que organizar a las masas para derrocar el zarismo. Pero tal actividad no es revolucionaria, ni mucho menos. Esos anarquistas se llamaban así mismo comunistas. (...) Debe anotarse que estos anarquistas no llevaron a cabo sus actividades entre los obreros más organizados y con mayor conciencia de clase, sino entre las ruinas jóvenes de la pequeña burguesía, entre los intelectuales pequeño burgueses, entre el lumpenproletariado, y algunas veces entre verdaderos criminales, para los bandidos eran bastante adecuados en lo que respecta a robos y ataques a casas y tiendas. Para ello no precisaban de principios. (...) Pero las tácticas del terror individual y económico practicadas por los grupos anarquistas y los anarquistas individuales servían a despertar entre una sección de los obreros la falsa esperanza de que los «héroes» anarquistas estaban luchando su batalla, que ellos serían libres de la explotación como resultados de los actos terroristas anarquistas. Estas tácticas relajaron las actividades de las masas, suavizaron su espíritu de masas militante. (...) [En verano de 1906] Los anarquistas asesinaron al director  de los trabajos de ingeniería en esa ciudad, aunque ellos no tomaron parte en la huelga que estaba en progreso. Este acto terrorista, como la mayoría de este tipo, solo produjeron resultados negativos». (E. Yaroslavsky; Historia del anarquismo en Rusia, 1941)

martes, 20 de noviembre de 2018

El terrorismo de Bakunin y su amenaza a los «doctrinarios» que no sean «hombres de acción» y le sigan en su empresa

Marx vs Bakunin

«En la segunda hoja, «Los principios de la revolución», se encuentra desarrollada la orden dada en los Estatutos secretos de hacer que «no quede piedra sobre piedra». Hay que destruirlo todo para producir «el amorfismo perfecto», pues si se conserva «una sola forma vieja» se convertirá en «el embrión» del que renacerán todas las demás formas sociales viejas. La hoja acusa a los revolucionarios políticos, que no toman en serio este amorfismo, de engañar al pueblo. Les acusa de haber levantado:

«Nuevas horcas y nuevos caldasos, en los que han ejecutado a los hermanos revolucionarios escapados de la matanza. (...) Los pueblos no han visto hasta ahora una verdadera revolución. (...) Para la verdadera revolución no hace falta individuos que marchen al frente de la multitud y que la manden, sino hombres ocultos invisiblemente en ella, que liguen invisiblemente una muchedumbre con otra y den así invisiblemente una sola y misma dirección, un solo y mismo espíritu y carácter al movimiento. La organización secreta preparatoria no tiene más que este sentido y sólo para eso es necesaria».

Ahí tenemos pues, denunciada al público y a la policía rusa la existencia de los «hermanos internacionales», tan cuidadosamente ocultada en Occidente. Más adelante, la hoja predica el asesinato sistemático y declara que para los hombres de la obra revolucionaria práctica, todos los razonamientos acercan del porvenir son:

«Criminales ya que impiden la destrucción pura y traban la marcha de la revolución. Sólo tenemos confianza en quienes manifiestan con hechos su fidelidad a la revolución, sin temer las torturas ni los encarcelamientos, y negamos todas las palabras que no van seguidas inmediatamente por la acción. No necesitamos más de la propaganda sin objetivo, de la propaganda que no determina con precisión la hora y el lugar en que deben realizarse el objetivo de la revolución. Antes al contrario, nos estorba y emplearemos todas nuestras fuerzas para contrarrestarla. (...) Obligaremos a callar por la fuerza a todos los charlatanes que no comprendan eso».

Las mismas amenazas han sido dirigidas a los refugiados rusos que no se han inclinado ante el papado de Bakunin y que él ha calificado de doctrinarios.

«Rompemos todo vínculo con los emigrados políticos que no quieran volver a su país para incorporarse a nuestras filas, y mientras nuestras filas sigan siendo secretas, rompemos con todos los ayudar a que aparezcan públicamente en el escenario de la vida rusa. Hacemos una excepción con los emigrados que se han manifestado como obreros de la revolución europea. No haremos más peticiones ni lamentos. (...) Quienes tengan oídos y ojos oirán y verán a los hombres de acción, y si no se suman a sus filas, no seremos los culpables de que se pierdan; de la misma manera, no seremos los culpables de que los que se ocultan entre bastidores sean aniquilados fríamente, implacablemente junto con los bastidores que se ocultan».

Bakunin es aquí perfectamente claro. Mientras que ordena a los refugiados, bajo pena de muerte, regresar a Rusia en calidad de agentes de su sociedad secreta –siguiendo el ejemplo de los espías rusos, que les ofrecieron pasaportes y dinero para ir allí a conspirar–, él se concede a sí mismo una bula papal para seguir tranquilamente en Suiza como «obrero de la revolución europea» y para trabajar en la redacción de manifiestos que comprometen a los desdichados estudiantes que la policía tiene encerrados en sus cárceles.

«No admitiendo ninguna otra actividad que no sea la destrucción reconocemos que las formas en que debe expresarse esta actividad pueden ser extremadamente variadas: veneno, puñal, nudo corredizo, etc. La revolución santifica todo, sin distinción. ¡Así, pues, el campo está abierto. (...) Que todas las mentes sanas y jóvenes emprendan inmediatamente la santa obra de la destrucción del mal, de la depuración y la ilustración  de la tierra rusa por el fuego y por la espada, uniéndose fraternalmente a quienes hacen lo mismo en toda Europa».

Agreguemos que, en esta proclamación sublime, el bandolero inevitable figura en la persona melodramática de Carlos Moor –de Los Bandidos de Schiller– y que el número 2 de la Justicia del Pueblo, al citar un pasaje de esta hoja, la denomina textualmente «una proclama de Bakunin».

Nadie se atreverá a poner en duda que estos panfletos rusos, los Estatutos Secretos y los escritos publicados en francés por Bakunin desde 1869 provienen de la misma fuente». (Karl Marx y Friedrich Engels; La Alianza Internacional de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores; Memoria y documentos publicados por acuerdo del Congreso de la Haya de la Internacional, 1873)

martes, 6 de noviembre de 2018

Sobre los anarquistas y el término autoritario


«Nuestros amigos de España verán ahora el abuso que hacen estos señores de la palabra «autoritario». En cuanto a los bakuninistas les desagrada alguna cosa, dicen: «Eso es autoritario», y con ello creen haberlo condenado para siempre. Si en lugar de ser burgueses, periodistas, etc., fueran obreros, o si hubieran estudiado solamente un poco las cuestiones económicas y las condiciones de la industria moderna, sabrían que ninguna acción común es posible sin la imposición a algunas personas de una voluntad extraña, es decir, de una autoridad. Ya sea la voluntad de una mayoría de votantes, de un comité director o de un solo hombre, será siempre una voluntad impuesta a los disidentes; pero sin esta voluntad única y dirigente, ninguna cooperación es posible. ¡Pruebe a hacer marchar una de las grandes fábricas de Barcelona sin dirección, es decir, sin autoridad! ¡O administrar un ferrocarril sin la certidumbre de que cada ingeniero, fogonero, etc., se encontrará en su puesto en el momento exacto en que deba estar en él! Me gustaría saber si el bravo Bakunin confiaría su obeso cuerpo a un vagón de ferrocarril si ese ferrocarril fuera administrado de acuerdo con los principios que proclaman que nadie se encontrará en su sitio si no le gusta sufrir la autoridad de los reglamentos, ¡mucho más autoritarios en todo estado posible de la sociedad que el Reglamento aprobado en el Congreso de Basilea! Todas estas grandes frases ultrarradicales y ultrarrevolucionarias ocultan únicamente la más completa miseria de ideas y la más completa ignorancia de las condiciones en que transcurre la vida cotidiana de la sociedad». (Friedrich Engels; Carta a Pablo Lafargue, 30 de diciembre de 1871)

lunes, 27 de agosto de 2018

Los intentos de exculpar toda responsabilidad de ciertos sujetos apelando a que son «productos del sistema capitalista»


«Para nosotros, los juicios y sentencias de la jurisprudencia burguesa no pueden ser referencia, como tampoco podemos hacer juicios generalizados hacia bandas armadas o grupos políticos que nos causen –o no– especial simpatía. Por fuerza de principios, en un futuro régimen socialista, no se podría aplicar una justicia colectiva haciendo que paguen justos por pecadores. El pretender juzgar de forma generalizada a todo un colectivo es algo más cercano a la jurisprudencia del feminismo que a la del marxismo. En cambio, el Estado socialista deberá atender cada caso individualmente, puesto que es imposible meter en el mismo saco a alguien que colocaba bombas de forma indiscriminada, que a quien, a lo sumo, guardó alguna vez un panfleto de dicha banda armada, más aun teniendo en cuenta que el nuevo régimen deberá dar una oportunidad a quienes de verdad deseen aportar a la colectividad.  

Para el primer caso, si en estos elementos se descartase una enfermedad mental, habría que evaluar si existe un hondo arrepentimiento y una consciencia de su labor contrarrevolucionaria en el pasado. De otro modo, jamás podrán convivir en una sociedad socialista.

Al contrario, las personas que no hayan perpetrado delitos de sangre contra los trabajadores pero que hayan estado influidos por estos grupos deberán recibir un trabajo de educación política para ser recuperados a la causa lo más pronto posible. 

La cuestión es, ¿quién es productivo en el presente para la causa del comunismo? ¿Quién puede aportar algo de valor para la nueva sociedad que se ha de construir? No se trata tanto de redimir los pecados individuales para ganarse el cielo, sino para ganarse el respeto de nuestros congéneres, para tener derecho a vivir en sociedad en la nueva colectividad. Se trata de darnos cuenta de hasta qué punto hemos estado equivocados en acepciones reformistas o anarquistas, por qué son inservibles tanto para derrocar al capitalismo como para construir un mundo nuevo que lo supere. Se trata de redimirnos ante una sociedad que, para muchos, brindará una segunda oportunidad, que nos abrazará sin recelos, porque comprende que todos cometemos errores y pecados de juventud.

En resumen, en una futura sociedad socialista, estas bandas no serían conmemoradas sin criticismo alguno como «luchadores contra el sistema» que «se opusieron al capitalismo». Esto sería absurdo, y dicho estatus es imposible, dado que varios de estos grupos hasta ahora no solo se han dedicado a contribuir a la criminalización de la lucha armada con su aventurerismo y terrorismo indiscriminados, sino que, además, se han caracterizado por calumniar, amenazar y perseguir a los partidos marxista-leninistas –y otros– que se oponían a su discurso y actuar. Otra cosa distinta, como decimos, es la militancia de base, a la que, como a la de cualquier sindicato, partido o asociación política de cualquier tipo, habría que explicarle las cosas con paciencia y teniendo en cuenta sus orígenes. Y es que, aunque no sea fácil, los marxistas deben intentar separar de las filas de estos grupos a todo elemento honesto que haya sido irradiado por estas tendencias.

La historia ha demostrado que los elementos recalcitrantes de estas corrientes, ante la incapacidad de asimilar la teoría y a causa de su inestabilidad pequeño burguesa, acaban siendo un obstáculo para la revolución e incluso terminan por ir contra ella una vez establecido el poder revolucionario. Ejemplo de ello fueron los eseristas de izquierda, que, tras una breve alianza con los bolcheviques, dieron la espalda a la revolución y acabaron atentando contra ellos, siendo famoso el atentado contra Lenin en 1918, así como el asesinato logrado contra algunos dirigentes bolcheviques. Varios de sus líderes serían jugados públicamente en 1922. ¿Puede descartarse que esto vuelva a ocurrir con este tipo de especímenes?

Precisamente la excusa preferida de los grupos lumpenizados ha sido siempre decir que «desde el punto de vista marxista» a los sujetos que ejercen el bandolerismo, tráfico de drogas, robos, estafas, hooliganismo, pandillerismo, negocios de prostitución, etc… no se les puede condenar de ninguna forma porque simplemente son «productos del sistema capitalista», exculpando a los sujetos de cualquier responsabilidad, incluyendo también el tema del terrorismo que presentan como «una reacción desesperada ante el injusto sistema». 

Estos ideólogos hacen verdaderos malabarismos con la influencia capitalista sobre este tipo de sujetos, y justifican todo en base al concepto de «alineación» para dar carpetazo final al tema. Esto que dicen es cierto: son productos del propio sistema y sus deficiencias, son sujetos alienados. Hemos hablado infinidad de veces de la presión ideológico-cultural que se ejerce desde la superestructura sobre los sujetos sociales. Pero cuando se exponen los errores de estos elementos y deciden persistir en ellos, no puede existir compasión posible. 

Hacer la vista gorda sobre este tipo de actitudes en períodos de desorganización y falta de clarividencia ideológica es más peligroso aún. Insistir en un trato amigable, aparcar las diferencias y confiar en una reeducación futura –incluso de sujetos abiertamente recalcitrantes– no deja de ser un ideario liberal del todo estúpido que se acerca más a una premisa cristiana de ejercer el perdón automático sin rencor ni reflexión alguna. Cuando varios elementos que no quieren –o no pueden– rectificar son un claro impedimento para el progreso, ¿quién si no los comunistas deben analizar en profundidad y criticar estas actitudes que perjudican la causa? ¿Se lo dejamos a los liberales burgueses y sus intelectuales para que creen teorías como que todo el proletariado ha degenerado en lumpemproletariado o que el comunismo es igual a ejercer el viejo terrorismo individualista o de un pequeño grupo conspirativo? 

Además, para evidenciar la falsedad de esta teoría que justifica estos actos, solo hay que mirar, una vez más ,el rastro de la historia, observar que dentro de las experiencias históricas donde se ha puesto en pie una sociedad socialista, creándose condiciones económicas propicias para que el sujeto pudiera desarrollar en gran medida sus habilidades físicas y mentales, incluyendo una oportunidad no solo de redimirse en lo moral, sino de vivir dignamente en lo económico, siempre ha habido –y habrá– elementos que han rechazado tomar este camino de reinsertarse-reeducarse, que han preferido seguir con su modo de pensar y actuar contra el sistema socialista. No es casualidad que muchas de estas figuras hayan acabado siendo parte de las filas de la contrarrevolución por su indisciplina, individualismo, egolatría, falta de autocrítica y de escrúpulos. 

Debe concluirse que, por supuesto, las condiciones materiales tienen el peso decisivo cuando se trata de dar a luz estos fenómenos, en esto hemos insistido siempre. Pero no olvidemos la personalidad de cada sujeto y su nivel de fuerza de voluntad para «autotransformarse», ya que no somos elementos pasivos condenados al error. No olvidemos que, en una futura sociedad socialista, el espíritu liberal e individualista, el afán «autojustificador» no le va a valer a nadie de excusa para causar un perjuicio al bien colectivo ni a la propiedad común, no servirá para estar por encima de las leyes populares». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

domingo, 8 de abril de 2018

Bakunin y su afinidad por los «hérores», «estudiantes desclasados», «bandidos» y otros elementos «revolucionarios»


«Bakunin descubre en las agitaciones estudiantiles el espíritu destructor del Estado... que brota de lo más hondo de la vida popular»; felicita a sus jóvenes hermanos por sus tendencias revolucionarias. «¡Por consiguiente, está aproximo el fin de este infame imperio de todas las Rusias!».

El pueblo ruso, continua Bakunin, se encuentra actualmente en condiciones semejantes a las que le forzaron a la insurreción bajo el Zar Alexéi, padre de Pedro el Grande. Entonces fue Stenkka Razin cosaco jefe de los bandoleros, quien se puso a su cabeza y le indicó «la vía» de «la emancipación». Para alzarse hoy, el pueblo espera solamente a un nuevo Stenka Razin, pero esta vez:

«Será remplazado por la legión de jóvenes desclasados que viven ya la vida popular. (...) Stenka Razin se siente detrás de ella no héroe personal, sino colectivo (!), y por tanto, invencible. Ese héroe será toda una magnifica juventud, sobre la cual ya flota su espíritu». 

Para desempeñar debidamente este papel de Stenka Razin colectivo, la juventud debe prepararse por medio de la ignorancia:  

«Por tanto, abandonad lo más rápidamente este mundo condenado a la destrucción. Abandonad sus universidades, sus academias, sus escuelas... ir al pueblo. (...) [Para] ser la comadrona de su emancipación espontánea, el aglutinador y organizador de sus escuerzos y de todas las fuerzas populares. No os preocupéis en este momento de la ciencia, en nombre de la cual os quisiera maniatar y castrar. (...) Tal es la fe de los mejores hombres de Occidente. (...) El mundo de los trabajadores de Europa y América os llama a una alianza fraternal».

Por vez primera, exalta al bandolero ruso como el tipo del verdadero revolucionario y predica a la juventud rusa el culto de la ignorancia con el pretexto de que la ciencia actual no es más que una ciencia oficial –¿acaso es posible imaginarse unas matemáticas, una física, una química oficiales?– y que tal es la opinión de los mejores de Occidente. Por último, termina su hoja insinuando que la Internacional, por conducto suyo, ofrece una alianza a esta juventud, a la que él prohíbe incluso la ciencia de los Fréres ignorantis.

Bakunin, por la ley de la asimilación anarquista, se asimila a la juventud instruida.

«El gobierno mismo nos muestra el camino por el que nosotros debemos marchar para alcanzar nuestro objetivo, es decir, el objetivo del pueblo. Nos expulsa de las universidades, de las academias, de las escuelas. Les expresamos nuestra gratitud por habernos situado así sobre un terreno tan glorioso, tan fuerte. Ahora pisamos tierra firme, ahora podemos actuar. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Enseñar al pueblo? Eso sería estúpido. El pueblo mismo sabe, y mejor que nosotros, lo que necesita. [Comparad los Estatutos secretos, que atribuyen a las masas los «instintos populares», y a los iniciados «la idea revolucionaria»]. No debemos enseñar al pueblo sino sublevarlo. [Hasta ahora] Se ha sublevado siempre infructuosamente porque se sublevaba parcialmente. Podemos prestarle una ayuda importante en extremo, podemos darle lo que ha faltado siempre y cuya ausencia ha sido la causa principal de todas sus derrotas:la unidad del movimiento ubicuo mediante la combinación de sus propias fuerzas». 

Como vemos, la doctrina de la Alianza –anarquía por abajo y disciplina por arriba– aparece aquí en toda su pureza. Primeramente, «el desencadenamiento de lo que hoy se llama malas pasiones» por medio del motín: pero «es necesario que en medio de la anarquía popular, que constituirá la vida misma y toda la energía de la revolución, la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria encuentre un órgano». Este órgano será la sección rusa de «la Alianza» universal: la Sociedad «La justicia del Pueblo».

Pero Bakunin no tiene bastante con la juventud. Llama bajo la bandera de su Alianza, sección rusa, a todos los bandoleros.

«El bandolerismo es una de las formas más honorables de la vida popular rusa. El bandolero es el héroe, es el defensor, es el vengador popular: el enemigo irreconciliable del Estado y de todo orden social y civil establecido por el Estado: el luchador a vida o muerte contra toda esta civilización de funcionarios, de nobles, de curas y de la corona. Quien no comprenda el bandolerismo no comprenderá nada en la historia popular rusa. Quien no simpatiza con él, no puede simpatizar con la vida popular y carece de corazón para los sufrimientos seculares e inconmensurables del pueblo; pertenece al campo de los enemigos, de los partidarios del Estado. (...) Sólo con el bandolerismo se comprueba la vitalidad, la pasión y la fuerza del pueblo, El bandolero en Rusia es el verdadero y único revolucionario: el revolucionario sin frases, sin retórica tomada de los libros, el revolucionario infatigable, irreconciliable e irresistible en la acción, el revolucionario popular y social y no político o de clase. (...) Los bandoleros dispersados en los bosques, en las ciudades y aldeas de toda Rusia, y los bandoleros detenidos en las innumerables prisiones del Imperio, forman un mundo único e indivisible, fuertemente unido: el mundo de la revolución rusa. En él, sólo en él, existe desde hace mucho tiempo la verdadera conspiración revolucionaria. Quien quiera conspirar seriamente en Rusia, quien quiera la revolución popular, deberá ir a ese mundo. (...) Siguiendo la vía que nos ha trazado el gobierno que nos expulsa de las academias, de las universidades y de las escuelas, lancémonos, hermanos, todos juntos, al pueblo, al movimiento popular, al motín de los bandoleros y de los campesinos, y, conservando una fiel y firme amistad entre nosotros, combinemos una sola masa esas insurrecciones desperdigadas de los mujiks (campesinos). Transformemoslas en una revolución popular reflexiva pero implacable». (Karl Marx y Friedrich Engels; La Alianza Internacional de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores; Memoria y documentos publicados por acuerdo del Congreso de la Haya de la Internacional, 1873)

Anotación de Bitácora (M-L):

«Tomo el partido de los bandoleros populares y veo en ellos una de las principales palancas de la futura revolución popular en Rusia. (...) 
Creo que con el primer gran empuje del levantamiento del pueblo, el mundo de los vagabundo, bandidos y ladrones, profundamente arraigado en nuestra vida popular y uno de sus principales fenómenos, se pondrá en marcha poderosa y masivamente. Bueno o malo, es un hecho indiscutible e inevitable, y quien desee realmente la revolución popular rusa, quien quiera servirla, sostenerla, organizarla, no sólo en el papel, sino en los actos, debe conocer este hecho. Debe tenerlo en cuenta, sin tratar de esquivarlo, tener una actitud consciente y práctica, usándolo como un medio poderoso para el triunfo de la revolución». (Carta de Mijaíl Bakunin a Serguey Guennadevich Nechayev, 2 de junio de 1870)

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